Que nadie nos robe la esperanza
La democracia habló. Las urnas decidieron. Las autoridades electorales concluyeron el proceso. Las credenciales fueron entregadas. Sin embargo, para algunos sectores políticos eso no ha sido suficiente.
Desde el mismo día de la elección, Colombia ha sido testigo de una intensa confrontación política alrededor del triunfo de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo. Declaraciones, cuestionamientos y un ambiente permanente de incertidumbre han acompañado una transición que debió estar marcada por la serenidad institucional. Pareciera que aceptar el veredicto de los ciudadanos resulta más difícil cuando el resultado no coincide con las propias expectativas.
Pero la democracia no funciona según los deseos de quienes ganan o pierden. Funciona porque existen reglas, instituciones y autoridades encargadas de garantizar que la voluntad popular prevalezca. Una vez ese proceso concluye, la grandeza democrática consiste en respetar el resultado y permitir que el nuevo gobierno comience su mandato.
Por eso hoy el mensaje debe ser claro: paciencia. Tranquilidad. Colombia está a pocas semanas de iniciar una nueva etapa.
No será extraño que durante estos días continúe la confrontación política. Tampoco sorprenderá que las redes sociales sigan inundándose de versiones alarmistas, interpretaciones interesadas y mensajes diseñados para sembrar dudas sobre el futuro del país. Esa ha sido, en mi opinión, una de las características del debate público reciente: la batalla por controlar el relato incluso después de que las instituciones ya se han pronunciado.
Los colombianos no pueden permitir que el pesimismo se convierta en política de Estado ni que el miedo sustituya la esperanza. Un país no avanza cuando vive atrapado en la confrontación permanente. Avanza cuando recupera la confianza en sus instituciones, en su economía y en la capacidad de construir acuerdos.
Las primeras señales del gobierno entrante apuntan hacia una administración que busca rodearse de personas con experiencia y capacidad para enfrentar los enormes desafíos nacionales. Habrá tiempo para evaluar sus decisiones y exigir resultados. Esa será la obligación de una ciudadanía libre y de una oposición responsable.
También comienza la oportunidad de reconstruir relaciones con aliados estratégicos, recuperar la confianza de los inversionistas, fortalecer la seguridad, impulsar el crecimiento económico y devolverle dinamismo a un país que durante demasiado tiempo ha vivido entre la incertidumbre y la polarización.
El 7 de agosto no resolverá por sí solo todos los problemas de Colombia. Ningún gobierno tiene ese poder. Pero sí puede marcar el inicio de un cambio de rumbo, de un nuevo clima institucional y de una conversación nacional menos dominada por la confrontación y más orientada a los resultados.
Que nadie nos robe la esperanza.
Que nadie convenza a los colombianos de que el fracaso es inevitable antes de que el nuevo gobierno siquiera haya comenzado.
La democracia ya habló. Ahora le corresponde gobernar a quienes recibieron el mandato popular y le corresponde a la oposición ejercer su control con firmeza, pero también con responsabilidad.
Después vendrá el juicio más importante: el de los resultados. Allí no bastarán los discursos, las tendencias en redes sociales ni las consignas. Allí hablarán el empleo, la seguridad, la inversión, la confianza y la calidad de vida de los colombianos.
Faltan pocos días. Tengamos paciencia. Como millones de compatriotas, espero que el próximo 7 de agosto comience, por fin, a cesar la horrible noche y que Colombia vuelva a mirar el futuro con optimismo, confianza y esperanza.
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