Colombia eligió: ahora empieza lo más difícil
Colombia eligió: ahora empieza lo más difícil
Colombia habló en las urnas. En una segunda vuelta reñida, intensa y profundamente reveladora del momento que vive el país, los ciudadanos acudieron a decidir el rumbo de los próximos años. Si se confirma el resultado anunciado por el preconteo, Abelardo de la Espriella será el próximo presidente de la República.
Pero una elección no termina con la victoria de un candidato. En realidad, allí empieza la responsabilidad más grande. Ganar una elección otorga legitimidad democrática, pero gobernar exige mucho más: exige grandeza, templanza, respeto por las instituciones y capacidad real de responder a las necesidades de millones de colombianos.
El primer reto del nuevo presidente será recuperar la dignidad presidencial. Colombia necesita volver a ver en la Presidencia una institución seria, respetable y consciente de su papel histórico. El país no necesita más confrontación innecesaria, más espectáculo ni más improvisación desde el poder. Necesita una cabeza de Estado que entienda que cada palabra, cada decisión y cada gesto presidencial tienen consecuencias sobre la confianza nacional.
El segundo reto será recuperar el respeto por la ley y por las órdenes de las cortes. En una democracia, el presidente no está por encima de la Constitución. Ningún mandato popular autoriza a desconocer las instituciones, incumplir fallos judiciales o tensionar permanentemente el equilibrio de poderes. Gobernar bien implica aceptar límites, cumplir reglas y demostrar que la autoridad se ejerce mejor cuando se somete al derecho.
El tercer reto será recuperar la economía. Colombia necesita volver a crecer, generar empleo formal, atraer inversión y ordenar sus finanzas públicas. Pero ese propósito exige algo fundamental: que el Estado vuelva a funcionar con criterio técnico. Las entidades públicas deben abrir espacio a profesionales capaces, preparados y especializados, no simplemente a cuotas políticas. Un Estado técnico y eficiente no es un lujo; es una condición básica para que las políticas públicas produzcan resultados.
También será indispensable darles posibilidades reales de crecimiento a las empresas. Sin empresas fuertes no hay empleo sostenible, no hay innovación, no hay recaudo suficiente y no hay desarrollo duradero. Colombia necesita reglas claras, seguridad jurídica y una relación más inteligente entre el Estado y el sector productivo. El empresario no debe ser visto como enemigo, sino como un actor esencial en la construcción del país.
El nuevo gobierno recibirá una Colombia cansada, dividida y desconfiada, pero también una Colombia con una enorme capacidad de levantarse. Por eso el desafío no es solo administrar el poder, sino reconstruir confianza. Confianza en la Presidencia, en las instituciones, en la ley, en la economía y en la posibilidad de que el país pueda caminar hacia adelante.
Hoy, más que celebrar una victoria o lamentar una derrota, Colombia necesita mirar hacia el futuro con seriedad. El presidente que llegue debe gobernar para todos: para quienes votaron por él, para quienes votaron en contra y para quienes han perdido la fe en la política.
Mi esperanza es que este nuevo capítulo sirva para recuperar lo que nunca debimos perder: el respeto por la institucionalidad, la confianza en el trabajo, la fuerza de la empresa, el valor de la técnica y la convicción de que Colombia puede ser un país mejor.
Porque después de las urnas empieza la verdadera tarea: gobernar con responsabilidad, unir sin borrar las diferencias y demostrar que la esperanza también puede convertirse en resultados.
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