Que no nos roben la esperanza
Que no nos roben la esperanza
"Ay, sí, la horrible noche cesó..."
Durante décadas, esa frase de nuestro himno nacional ha simbolizado la capacidad de Colombia para superar sus momentos más difíciles. Ayer, con la instalación del nuevo Congreso de la República, comenzó a escribirse un nuevo capítulo de esa historia. No porque todos los problemas hayan desaparecido de un día para otro, sino porque empezó el tiempo de las decisiones y de las responsabilidades.
Como era previsible, la jornada estuvo rodeada de tensiones. La elección de la mesa directiva del Senado dio paso a toda clase de interpretaciones: que la derecha estaba fracturada, que las mayorías no existían, que el nuevo escenario político nacía debilitado. En Colombia, pareciera que algunos disfrutan más anunciando crisis que construyendo soluciones.
Pero la democracia no consiste en la unanimidad. Consiste en la capacidad de debatir, negociar y construir acuerdos. Las diferencias entre partidos y liderazgos no son una señal de fracaso; son la esencia del sistema democrático. Lo verdaderamente importante será la capacidad de convertir esas diferencias en mayorías estables alrededor de los grandes intereses nacionales.
Y esos intereses son urgentes.
Colombia necesita recuperar el rumbo fiscal, devolver la confianza a quienes generan empleo y producen riqueza, rescatar un sistema de salud que hoy enfrenta enormes incertidumbres, fortalecer la seguridad en las regiones, combatir el crecimiento de las economías ilegales y restablecer relaciones internacionales basadas en la cooperación, el respeto y la defensa de los intereses nacionales.
También será necesario reconstruir la confianza dentro del propio país. Durante demasiado tiempo la confrontación política terminó dividiendo a los colombianos entre buenos y malos, amigos y enemigos, patriotas y traidores. Esa lógica solo dejó más polarización y menos soluciones.
El nuevo Congreso tiene ahora una responsabilidad histórica. No puede limitarse a ser un escenario de discursos encendidos o de disputas partidistas. Tiene la obligación de construir mayorías que permitan aprobar las reformas que Colombia necesita, ejercer un control político serio y acompañar, con independencia, el inicio de una nueva etapa institucional.
No será una tarea fácil. Los desafíos económicos, sociales y de seguridad son enormes. Tampoco bastarán las buenas intenciones. Los colombianos exigirán resultados concretos y no promesas. Esa es la verdadera medida del éxito de cualquier gobierno y de cualquier Congreso.
Por eso sorprende que algunos sectores parezcan más interesados en alimentar la incertidumbre que en reconocer la oportunidad que tiene el país para corregir el rumbo. La crítica es indispensable en una democracia; el derrotismo permanente no construye nación.
Faltan pocos días para la posesión del nuevo presidente de la República. Muy pronto comenzará el momento de gobernar, de demostrar con hechos lo que hasta ahora han sido propuestas y compromisos. Será entonces cuando el país pueda evaluar con objetividad el rumbo de la nueva administración.
Mientras ese día llega, hay una decisión que depende únicamente de los colombianos: no permitir que nos roben la esperanza.
Porque la esperanza no es ingenuidad. Es la convicción de que un país puede corregir sus errores cuando fortalece sus instituciones, respeta la democracia y pone el interés general por encima de las diferencias políticas.
Ayer comenzó una nueva legislatura. En pocos días comenzará un nuevo gobierno. Que ambos estén a la altura del momento histórico que vive Colombia.
Quizá entonces podamos decir, sin que sea solo un verso de nuestro himno, que realmente empieza a cesar la horrible noche y que vuelve a amanecer para la República.
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